casa de locos
Noviembre 2nd, 2006

(Del lat. idiōta, y este del gr. ἰδιώτης).
1. adj. Que padece de idiocia. U. t. c. s.
2. adj. Engreído sin fundamento para ello. U. t. c. s.
3. adj. coloq. Tonto, corto de entendimiento.
4. adj. desus. Que carece de toda instrucción.
I’m tired of, of everyone I know
Of everyone I see on the street and on TV, yeah
On the other side, on the other side
Nobody’s waiting for me on the other side
I hate them all, I hate them all
I hate myself for hating them
So drink some more, I’ll love them all
I’ll drink even more…
I’ll hate them even more than I did before
On the other side, on the other side
Nobody’s waiting for me on the other side
I remember when you came
You taught me how to sing
Now it’s seems so far away
You taught me how to say
I’m tired of
Being so judgemental of everyone
I will not go to sleep
I will train my eyes to see
That my mind is a blind as a branch on a tree
On the other side, on the other side
I know what’s waiting for me on the other side
On the other side, on the other side
I know you’re waiting for me on the other side
The Strokes - On the other side.

Me gustaría decir que según va pasando el tiempo comienzo a encontrarme como pez en el agua, pero nada más lejos de la realidad. Aún así, como me gustaría, lo digo: según va pasando el tiempo, me voy encontrando como pez en el agua.
Es extraño. Todo se retuerce. Me gustaría decirlo de otro modo: pero no sé. Todo se retuerce. Tengo dentro de mí retortijones, y pienso que son míos, pero no es así: es más bien que todo se retuerce. Todo se retuerce, y yo con ello, y yo con todo. Esa es la sensación: uno no está por encima de las cosas, sino que las cosas lo son todo. Si ellas bailan, yo bailo. Si ellas callan, yo callo, si ellas se esfuman: yo me esfumo. Y como las cosas se retuercen, yo tengo retortijones.
Mi madre se quiere divorciar, de mi padre. De mí se divorció hace mucho tiempo. Quizá fue aquel día que me dijo: llega un momento en el que la cría tiene que volar del nido. Yo entonces tenía 22 años. No, seguramente no fue ese día, seguramente fue el que me dijo: he estado hablando con la psicóloga del colegio, y está de acuerdo conmigo en que tú eres lo que me está destrozando la vida. Yo me sentí caer y caer y caer y caer y caer y caer. No creo que se diese cuenta.
Y yo en aquel momento tampoco. Porque me sentí culpable. Yo no quería joder la vida de mi madre. Lo último que quería, en aquel momento, era estar jodiendo la vida de mi madre. Me sentía demasiado culpable como para ver las cosas con lucidez. Más tarde me pregunté por qué mi madre no tuvo una conversación conmigo para intentar resolver no sé qué cosas, en vez de lanzarme un hacha emocional al centro del cráneo, al hipotálamo del cerebro.
Después, mucho después, me di cuenta de que en ese momento nos habíamos divorciado, porque un año después dejé de tener 22, y un año después deje de tener 23, y un año después dejé de tener 24, siguiendo el curso normal de los acontecimientos. Me fui de casa a finales de mis 22, sintiéndome terriblemente culpable. Entonces todavía no sabía que me había divorciado de mi madre un año antes. Lo supe más tarde. Hace un rato no muy largo. Cumplí 31 y revisé las cosas que no quería mirar, pero que olvidando juré recordar para recordar después. Y el después llegó, como sin darse cuenta, silbando despreocupado.
Y fue con el divorcio, esta vez, de mi madre con mi padre. O con el de mi madre con mi hermana, no lo sé. Algo hizo click en mi cerebro culpable. Algo indeterminado. Algo que vino, después de mucho tiempo, a salvarme de los remordimientos. A lo mejor fue cuando se fue lore y me dijo que le había destrozado la vida porque le había anulado la personalidad (momento en el que, de nuevo, me sentí caer y caer y caer y caer y caer, había vuelto a hacer daño sin querer por mi letal forma de ser, la situación se repite ergo es que algún error en mi código existe sin duda), algo que me estaba diciendo que todo el mundo toma sus decisiones y écha la culpa a los demás cuando salen mal. No lo sé. Hubo un momento, pero no lo recuerdo. Me tortura, según el día, no localizar el momento preciso en el que me di cuenta de que todo el mundo vive mejor si le echa su maldita mierda a los demás. Y mucho mejor si los demás (yo, en este caso) la reciben sin protestar haciéndole una cunita con las manos.
La culpabilidad era peor, porque era inconsciente. Uno no se somete a la levedad cuando hace daño. No se limita a pensar: yo soy así, qué le voy a hacer.
No, uno se siente jodidamente culpable (agujero del que uno no sabe salir).
Hasta que, recordando lo que olvidando juré recordar, uno se da cuenta de que los débiles se sienten salvados si te hacen llorar. Si te entregan su estúpida carga a ti y tú la recibes.
Qué triste.
Y más triste, todavía, porque les creí. A ambas. Y me metí en un círculo de cerveza y humillaciones porque pensaba de mí que no valía una puta mierda. No sabía salir de ahí cuando la salida era yo mismo. Y me humillé, y me emborraché, y me jodí, y busqué que me dieran una ostia en la mandíbula, y busqué que me partieran la cara y todos los huesos del cuerpo porque yo, con mi letal personalidad, había destrozado la vida de dos de las personas a las que más había querido hasta ese momento. Porque yo era un cabrón y un hijodeputa que sólo merecía que le partieran en dos en un callejón oscuro, lloviendo, húmedo y roto hasta el límite de estar húmedo y roto, imbécil de mí mismo hasta el punto de estar absolutamente despreocupado de mí mismo. Borracho y apaleado en una esquina yo era feliz: por fin tenía lo que me merecía. Lo que me había buscado y que no sabía resolver haciéndome más daño a mí mismo. Sin encontrar la salvación, buscándola fuera.
Ya no les creo. Pero, aún así, hay días que, sin saber por qué, sigo buscando que me apaleen borracho en un callejón lluvioso.
Y lo peor es que a veces aún lo consigo. No siempre es fácil sostenerse en tus propios pies. No siempre. Pero aún así no estaría de más ponerlo en el lugar de las cosas que uno, olvidando, jura recordar. La respuesta estaba -está- en el mismo sitio. Aquí.
Difícil, pero…
yo soy la medida de todas las cosas.
Stop
With your feet on the air and your head on the ground
Try this trick and spin it, yeah
Your head will collapse if there’s nothing in it
And you’ll ask yourself
Where is my mind?
Where is my mind?
Where is my mind?
Way out in the water, see it swimming
I was swimming in the Caribbean
Animals were hiding behind the rock
Except for little fish
When they told me east is west trying to talk to me, coy koi
Where is my mind?
Where is my mind?
Where is my mind?
Way out in the water, see it swimming
With your feet on the air and your head on the ground
Try this trick and spin it, yeah
Your head will collapse if there’s nothing in it
And you’ll ask yourself
Where is my mind?
Where is my mind?
Where is my mind?
Way out in the water, see it swimming
With your feet on the air and your head on the ground
Try this trick and spin it, yeah.
Pixies - Where Is My Mind?

Entre unas cosas y otras no entro por aquí. Entre que estoy agotado (más que nada existencialmente, si es que eso significa algo), gordo y desinflado, entre los curros y los viajes y las webs que reclaman tiempo y que son como crías que pían y pían, y este ubuntu y este flash que piden más aún si cabe, tengo las neuronas con las maletas ya hechas bajo la cama esperando el momento. Yo les digo que no dejen de esperar, que todo esto tiene forzosamente que terminar en algo, que si demuestras lo que vales al final… pero no sirve de nada, ellas son más listas que yo, mucho más, y responden:
- Te están tomando el pelo. Con tu consentimiento. Eres un imbécil.
Qué complicado es responderle a la verdad cuando te habla mirándote directamente a los ojos. Me hago caquita y miro al suelo, avergonzado.
Al próximo que me diga que existe la justicia, sea poética o no, le voy a roer la yugular con un folio oxidado.
CUADERNOS DEL ABSURDO.
Parámetro uno: el tiempo.
1. Rosas en la cadera.
Sombreando las caras con el gris macilento
de la noche que empieza, rompiendo
el aire en humo negro que huele a sudor,
comentando el fuego con fuego y el hambre
con más y mayor hambre. Tengo tu piel
en la cartera y es un yugo pesado,
un lastre de años mirando impotente el disolvernos
en azul y noche o noche y azul o no recuerdo
ya bien
en qué lo hacíamos. Estoy borracho,
lo justo para no ver lo que no quiero
y creerme lo que deseo, lo justo
para no enfermar de una vez y para siempre,
lo justo, quizá, o sé seguro, para seguir viviendo,
lo justo para tener hambre, y sed, y sueño, o para
no tener nunca más sueño, ni sueños.
Hambre de fuegos que respondo con fuego,
hambre de estupideces que no quiero y no me creo.
El cetro del Dios de turno me golpea en la cara,
quiere decirme algo.
Quizá que este no es el camino.
O que éstas no son las rosas.
O que este no es el juego, simplemente.
2. Palabritas en la calle.
Me hablas como si quisieras decirme algo,
y estoy convencido de
que estás convencida de
que quieres decirme algo.
Balbuceas, adiós a las cosas coherentes,
adiós a los ritmos,
adiós a tus trinos de cuando todo va bien.
Me estás recordando que te dije una vez que para
escribir bien había que vivir mal. Yo intento decirte
que todo eso era una estupidez, que no tenía sentido,
que es lo que se dice cuando no se sabe nada
y se quiere todo. No puedes entenderme, porque
aquel yo tiene más fuerza que el que te habla ahora.
Porque te viene mejor.
Qué cruel atizarme conmigo mismo. No sé si te das cuenta.
Qué cruel cuando yo ya no, y te lo digo.
Cuando di la vuelta de tuerca y me senté encima de los restos.
Qué cruel cuando lo que hablas no tiene sentido.
Qué cruel, porque pago las deudas que otro firmó por mí.
3. Elefante más o menos azul.
Son los mismos días. Estoy en el mismo sitio.
Tengo las mismas corazonadas.
Tengo la misma dentera.
Tómame o déjame, pero no me juzgues
más de lo necesario. Estoy en el mismo sitio,
fuera de lugar,
como un elefante azul en medio de ninguna parte,
es cierto que estoy donde estuve.
Pero ya no soy azul, creo que soy verde…
No te dejes llevar por las impresiones en la retina,
hablan más de lo que dicen.
Al anticuario le gustan los espejos. Ha aprendido que es el lugar donde puede ver su cara. El anticuario disfruta con los museos, porque es donde la vida se fija, aunque cuando la vida se fija muta y es otra cosa (gracias, principio de indeterminación, por tu labor indestructible de defensor de lo que es), aunque cuando alguien se pone a hacer un museo discrimina lo que para él lo es, y desde luego lo que no lo es. Cuando uno hace un museo, aunque sea de metralla, de un modo o de otro no consigue hablar más que de sí mismo, aunque la intención sea muy otra.
El anticuario aprendió hace tiempo a hacer de la derrota una victoria, y de la depresión un motor vital. No sé si llamarlo depresión o llamarlo angustia, o llamarlo agujeros, o ponerle un nombre nuevo para divertirme un rato. A lo que quiero aludir con depresión es a ese estado de vacío en el que nada significa más que otra cosa, que te detiene. La resultante de ese estado es la desesperación, la angustia, los agujeros. El causante del estado es el, en principio, sin sentido de vivir.
Escribía hace más de diez años:
Susana abre las cancelas
de su tímido, tórrido y
elocuente imperio.
(Ella en realidad no quiere esto, pero
el sacrificio de su cuerpo es
el único que entiende y el
único único al que estoy dispuesto).
Todos los cerrojos se liberan, y
todos aquellos que soy en sus umbrales
ahora franqueables saludan con
estentórea risa los horizontes
descubiertos.
Y cada uno de mis inventos
toma posesión de su reino.
Y cada uno de los juegos sale
de su caja y extiende el
tablero.
Tras largo tiempo, todo está ya
bien dispuesto.
Y corro uno aunando mis cuentos
para salvar aquel otro que ahora es
el punto cero de estas nuestras
distancias.
Tiro el dado, y cuento.
La partida ha llegado desde tu
infinitud transitable hasta todos
tus más renuentes escondites.
Te tomo la mano y lucho por
soslayar tu espejo, que es aquel
lugar donde tan fiel y
terriblemente me reflejo. Construyo
otro que me dice que soy el
señor de tu tiempo. El maldito
amo de nuestro universo.
Así puedo ver y veo
cuando Susana abre y
sólo sin ver lo que no veo
abrazar abrazar todo su
esfuerzo inútil e inmenso y
amarlo con fuerza y
olvidar olvido el sopor del
olvido y que todo y
la casa los gestos los
cuadros los rostros son sólo el
cristalizar de las reglas que
invento y aplico en un
cuento que cuento y me cuento
jugando cretino a vivir
en este como en cualquier.
En otro. Sitio.
En cualquier otro sitio.
Vivir no tiene sentido, pero tampoco lo tiene no hacerlo. No hay cosa más que otra. No es más relevante insertarse en un nirvana de vacío gracias a la muerte. No es que vayamos a ir a mejor, simplemente a lo mismo. De acuerdo, allí no nos vamos a enterar de nada, pero esto es una alegría insignificante. Estar aquí, en mi cuarto dentro de mi casa, no tiene sentido, tampoco lo tiene estar en cualquier otra parte. Por tanto, escojamos un sitio y construyamos algo, por el mero placer de construir.
Cuando uno acepta la derrota conoce el verdadero sentido lúdico de las cosas. La derrota no se acepta cuando uno piensa que no puede merecer la victoria, sino cuando se da cuenta de que no hay victoria en sí. Esto es, la victoria no existe. Toda victoria es en el tiempo y cae con el tiempo, por ejemplo (hay mucho más). La victoria es una convención. La victoria y la derrota son lo mismo. Para no inventarme un término nuevo a la resultante de la fusión de ambas la llamo derrota, porque me parece más aproximado a la realidad. Es una opinión, nada más. O quizá es que la palabra me gusta más, no sé.
Me gusta pensar que nos hemos encontrado un estado de cosas, sobre el que tenemos un poder variable de cambio, pero un estado de cosas al fin y al cabo. Cuando uno comprende que esto es lo que hay comprende a su vez esta historia de jugar con los elementos para producir un cambio. Y entonces comienza la diversión, que no es sino otro el sentido de la vida.
Por mucho que me coma la cabeza, voy a terminar en el mismo punto de partida, del cual no me he movido nunca a lo largo de los años. Siempre he estado en el mismo sitio, ¿cómo voy a hablar de victoria o de derrota?
Y ahí comienza el juego. Cuando llegan los agujeros me invento algo. Algún juego, alguna chorrada. Me invento un juego. Me invento una campaña de sensibilización, por ejemplo. Hago los logotipos, diseño una web con ello. Redacto formularios y documentos, hago toda la papelería de la campaña. Me divierto un rato. Lo importante no es lo que se hace, sino cómo se encuentra uno cuando lo hace. Y yo, mientras invento, estoy feliz. Que me digan lo que quieran, a mí eso me basta. Una forma de vida de la depresión y la derrota. Lo único exasperante de la depresión y la derrota es que paralizan. Lo que hunde es el estar paralizado, como un conejo ante los faros de un coche. Da igual estar aquí o en cualquier otra parte. Así que, ya que estoy aquí, voy a hacer algo. Todo será perfecto si me echo unas risas mientras tanto. Algún día podré decir “he hecho todo esto”. Porque esa es la depresión final de los agujeros cuando uno no se pone en movimiento, que con tanta tontería del sentido de las cosas y la vida, han pasado los años y se han ido vacíos. Y eso es desaprovechar la fuerza que contienen, porque cuando uno es feliz no quiere más, no quiere cambios, no quiere dejar de serlo, pero cuando uno siente la angustia no sólo quiere más, sino que necesita más. No hacer nada sería ir en contra de los agujeros, del combustible de la angustia. La angustia es lo único que nos lleva a buscar, la felicidad busca continuar, mantenerse en el tiempo todo el tiempo posible.
Es mejor jugar. Es mejor no quedarse quieto, tampoco moverse demasiado. Quieto e inquieto, eso es lo mejor. Con el tiempo, pasar el rato se convierte en un modo muy fecundo y jovial de vida. Me podéis decir que es frívolo, pero esta es una conclusión tremendamente superficial, porque cuando uno hace algo está realmente implicado con lo que hace. No es substancialmente importante que uno cambie de ocupación según vayan viniendo. Vivo todo a lo bestia, pero nada para siempre. Cuando uno determina un juego de una vez y para siempre, se convierte irremisiblemente en esclavo de las cosas.
En un necio.

A.
Tienes miedo. Crees que
sobras. Piensas que por lástima
—o algo así—
sigo compartiendo Madrid
contigo.
Yo te escucho decir esto
y miro impotente tus pequeños
ojos húmedos.
Impotente te escucho. Sin palabras.
Sólo besos y abrazos que tiendo hacia ti
intentando que comprendas. Termino la
cerveza. Aún no sé decirte.
B.
Quiero que comprendas. Afuera la prisa. Aquí
dentro la cafetería y
estamos sentados. Alrededor las mesas y
aquí mismo La Mesa. Quiero y
me empeño. Caigo rendido y tú estás
a doscientos kilómetros de mí, no puedes y
te esfuerzas y no entiendes. No podría
decirte, ojalá pudiera señalar con el dedo y
mostrarte lo evidente. Lo que con palabras
no puedo. Y afuera Tú, Yo, y
adentro un hueco donde aún un dulce perfume
recuerda nuestra estancia, aquí,
dentro.
FINAL DEL REINO, O ALGO.
1.
Tengo los huesos empapados
de esta fría y constante lluvia
y, mientras los coches rebuznan
su inmarcesible canto asfáltico,
paseo las calles que me eluden
forjando un vacío en derredor mío.
Yo soy un punto de nada
en la vida que ubícuamente
me rodea, un caparazón sin
carne que mira, sonríe,
enciende un cigarro y
sigue andando.
Tengo todos los años en mi
cabeza, como gotas de estaño
refulgen en mi memoria, hacen
sonar campanas de variopintas
melodías, de distintos chismes
y calendarios acordonando con
sutil hilo los compartimentos estancos
de mi pasado.
Tengo los huesos empapados, lentamente
controlo con eficacia mis pasos,
late en mí la huida maldita
que me ocupa desde que
no
estás
a mi lado.
Un vano en movimiento,
encendiendo frágiles corrientes
que yo solo percibo en este vergel
de días y luchas y muertes
estúpidas, estúpidas…
Sobre la puerta acrisolada
un letrero reza “entra”, acepto
el reto y hago girar el
pomo de la cerveza.
2.
Asesino la calma con voz
turbia y pido: la
mismísima vida en una jarra.
Oigo gotear mis pensamientos en
las cuencas calcáreas de mi cerebro,
nacen de un brillo, se arrastran
por tonterías de cemento, su matriz
prometida, ven la luz
y
caen
al
fondo,
donde sólo es real el olvido.
No podría ser de otro modo. No
saben que, de alguna forma, aún les
gobierno lo suficiente como para
no dejarme reparar en ellos. No
tienen ni idea, están equivocados,
ven al fondo el resplandor y
nacen a un abismo que los absorbe
y desposee de cualquier rastro de
existencia.
Ellos son peligrosos. yo estoy aquí
y huelo su corazoncito blando
e indefenso, su punto débil
y neblinoso. Ellos son el peligro,
yo corro, les destruyo mientras
avanzo.
Sorbo vida amarilla y nacarada,
de la jarra. Ahora es perfecto. Apago
el cigarro en el cenicero. Observo.
Somos grises y giramos. Me concreto en un rostro, le abrazo,
me acuesto en sus labios
y me voy desposeyendo. Empiezo
a conseguir sonar a hueco. Hieráticamente
le convenzo de mi carácter fantástico.
Es sencillo el resto. Demasiadas
sábanas, demasiados besos fingidos,
demasiado tabaco. Estoy
huyendo.
Él estaba convencido de que el día era azul, gris, naranja y amarillo mientras rodaba por la acera para llegar al trabajo. Lo importante en un ser humano son las piernas y el sentido del humor, todo lo demás es secundario. Acababa de salir del banco, donde había solicitado una nueva tarjeta, porque tenía la suya rallada. Cuando entró por la puerta se encontró la sucursal vacía de clientes y se alegró de haber ido tan temprano. Le recibió un cajero ojeroso y con la corbata torcida que le masculló un “buenos días” seguido de un “¿en qué puedo ayudarle?”
- Me gustaría solicitar una tarjeta nueva, la mía está rallada.
- Bien.
Cogió una hoja, la introdujo en una impresora, toqueteó en el ordenador y comenzó el traqueteo del mecanismo mientras la hoja se convertía en una solicitud.
- Tiene que firmarme aquí.
- Perfecto.
- La recibirá en su domicilio en una semana.
- ¿Tanto tiempo?, ni siquiera he traído la libreta, pensé que me la darían en el momento.
- No, no es ese el procedimiento. Pero si quiere, con la vieja y su DNI puedo facilitarle el dinero que necesite.
- Bueno, entonces vaya retirando unos trescientos mil euros…
- Ya veo. La cantidad solicitada tiene que estar disponible en su cuenta.
- Entonces… deme sesenta.
La gracieta había sido terrible, pero ni siquiera arrancó una mueca de disgusto del cajero. Simplemente, la ignoró. Él se sintió como si se hubiera tirado un pedo en medio de una recepción oficial, o justo después de hacer el amor. Y el caso es que el cajero… no imponía mucho respeto. Una calvicie más que incipiente, la barba de tres días, el traje arrugado, una más que solemne halitosis…
- Perdone el comentario, pero es que me gusta bromear cada vez que puedo. Es sano.
- Entiendo. Aquí tiene su dinero. Si necesita más antes de recibir la tarjeta recuerde que sólo podemos hacer este tipo de operaciones antes de las diez de la mañana. Que tenga un buen día.
- ¿Qué sucede a las diez de la mañana?
- ¿Disculpe?
- Sí, ¿qué sucede a las diez de la mañana para que ya no se pueda sacar dinero con la tarjeta y el DNI? Porque, a partir de la misma hora, tampoco se pueden pagar recibos. Es simple curiosidad.
- Es normativa del banco.
- Gracias. Que tenga usted también un buen día.
Azul, gris, naranja y amarillo mientras los coches se van atascando en el torrente de la circulación vial. Naranja mientras cruzaba el paso de cebra y un autobús le pitó. Él miro al semáforo, en verde para los peatones. Se quedó mirando a la luna a la altura del conductor, levantó los brazos y señaló al muñequito verde andante. El conductor le hizo el gesto de que pasara. Él se puso a bailar en medio del paso de peatones. El conductor sacó la cabeza por la ventanilla.
- Venga, hombre, pase de una vez.
- Ahora mismo voy, amigo. Estoy bailando un poquito. Me gusta bailar.
- ¿Y no puede hacerlo en la acera?
- Por supuesto, pero no me gusta que me piten tan temprano.
El conductor metió la cabeza y miró hacia atrás. La mitad de los pasajeros se estaban riendo y la otra mitad estaban cabreados porque ya llegaban tarde. Y ahora mismo le tiene que tocar un cabroncete simpático. Bien comienza el día. Él comprendió que estaba enfadando a gente y siguió andando, aunque sin dejar de saber que todo el mundo se cabrea solo y, sobre todo, por sus propios motivos. Normalmente a la gente no le hacen falta motivos extra para montarse una fiesta de gritos. Normalmente disimulan así sus problemas, los cubren de sentido. De sentido externo, claro.
No termina de llegar a la acera, se pone a caminar por el asfalto, a la izquierda de los coches aparcados. Va bien de tiempo, así que no tiene prisa. De repente recuerda que anoche anotó la dirección de la bitácora de un amigo en un papel, pero no recuerda si después lo metió en un bolsillo, en la cartera, o si terminó en el suelo entre las cáscaras de pipas o en el último tercio antes de volver a casa. Se detiene, saca la cartera y comprueba si está ahí.
- ¿Es suyo este coche, amigo?
Azul, azul del municipal que le pregunta. Se puso a mirar la situación y se dio cuenta de que el coche en cuestión estaba aparcado en un reservado de minusválidos.
- Es mío, pero no pienso quitarlo.
- ¿Disculpe?
- Mire, voy andando al trabajo, y las llaves del coche las tengo en casa. Si tuviera que moverlo tendría que volver a por ellas, y llegaría tarde.
- Pero entonces voy a tener que multarle.
- Haga usted lo que deba, caballero, pero yo no puedo llegar tarde.
Diez metros después un tipo salió gritando “¡espere, espere!” de una cafetería. “Lo tiene bien merecido, por andar aparcando en reservados de minusválidos. Qué gente, de verdad, qué gente”.
Gris y amarillo del logotipo de su empresa. Gris y amarillo, otra vez, del logotipo de su empresa en la máquina de café. Gris y amarillo, una vez más, en el capuchino que escupe la máquina en chorros. Tres incoloros y uno con color para terminar formando una pasta gris y amarilla.
- ¡Buenos días!
- Buenos días, Esperanza.
- ¿Un cigarrito?
- La duda ofende.
- ¿Y cómo lo hace?
- No tengo ni idea.